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Fuerza y honor

Fuerza y honor
Juan Antonio Cebrián y los pasajes de su historia

20 AÑOS ANTES
   
   «LO TENGO CLARO, LO MÍO ES LA RADIO»
   
   Aquella tarde de mayo de 1987, sobre la amplia mesa del salón de Florín, el dueño de la emisora pirata, estaba instalado el equipo técnico para emitir por primera vez el programa Lunes, te odio. El presentador, un joven alto y moreno de veintidós años, con una radiante cara de felicidad —la que se tiene cuando se vaa cumplir un sueño que parecía inalcanzable—, estaba sentado en una antigua silla con un micrófono en la mano. Sin poder ocultar el nerviosismo que le embargaba, miró a su amigo empresario y le hizo una señal para indicarle que podía pinchar la sintonía de arranque Shine on your crazy diamond, de Pink Floyd —no sabía que era la misma que Jesús Quintero utilizó en su programa El loco de la colina—. Asistiendo a la escena, al otro lado del cuarto, la abuela de la familia estaba sentada en su sillón haciendo calceta, embelesada en sus propios pensamientos: había recibido la orden tajante de no molestar. Pocos momentos después, cuando el presentador pronunció las primeras palabras con la esperanza de que alguien estuviera sintonizando el programa, aparecieron los padres de Florín. Entraron con sigilo en el cuarto y miraron con desconfianza al joven que, con un micrófono de cable bastante largo (lo había pagado de su propio bolsillo), se paseaba por la estancia mientras hablaba. Aquel día, la abuela y los padres de Florín no fueron los únicos testigos de excepción: en una esquina agazapado, intentando pasar desapercibido, un loro vigilaba la escena, aunque en ningún momento abrió el pico para repetir nada de lo que allí se decía. Por suerte. Esa tarde supuso el bautismo radiofónico del locutor, realizador y guionista de Lunes, te odio, Juan Antonio Cebrián, un joven albaceteño nacido el 30 de noviembre de 1965. Él había tenido que asumir personalmente todas las labores e, incluso, pagar 1500 pesetas, cuota requerida para poder emitir su primer programa de radio. Para el estreno seleccionó la canción Gipsy, de los Flewoot Mac, un grupo significativo para él, cuya vocalista le gustaba especialmente por su interesante personalidad.
   Juan Antonio había marcado a Florín las canciones a pinchar, pero no se limitaba a presentarlas como cualquier otro disc-jockey: daba entrada a los oyentes que telefoneaban, con los que hablaba no sólo sobre la música que les gustaba, sino también sobre los problemas de la vida.
   Ni la presencia de la abuela y el loro ni el tener que pagar por trabajar pudo estropearle ese día tan especial; un importante paso en la realización de su anhelado sueño. Aunque pudieran ponerle miles de trabas, él era consciente de que su futuro profesional pasaba por dedicarse en cuerpo y alma a la radio. Quería transmitir sus inquietudes y contar a los oyentes aquellos temas que los medios despreciaban, pero que para él eran de la máxima importancia: ciencia, medioambiente, la carrera espacial o las investigaciones médicas. Y estaba su pasión por la historia, a la que recurría con frecuencia para buscar referentes de hechos que sucedían en la actualidad.
   Si para conseguir su objetivo tenía que apostar por empezar en una radio ilegal, pues adelante. Porque precisamente eso era lo que estaba haciendo: jugar una partida, aunque las cartas no fueran las más favorables. En aquellos años era un fiel seguidor de Antena 3 Radio, pero había comenzado a escuchar algunos programas piratas de la radio libre madrileña como La cadena del water, que se estuvo emitiendo hasta marzo de 1989. Su amigo Florín hizo lo propio y montó una emisora, Onda Lateral de 250 Vatios, donde realizaba los programas que podía y arrendaba espacios a quien quisiera asumir una parte de los gastos. Dispuesto a todo por su sueño, Juan Antonio alquiló, las tardes de los lunes, un espacio de tres horas que utilizó desde mayo de 1986 hasta marzo de 1989. Por esas fechas, Cebrián afirmaba a las personas que le querían: «Lo tengo claro, lo mío es la radio». Y cada vez veía más cerca la oportunidad de convertirse en un profesional de esa radio, tan querida, que le había acompañado durante su infancia manchega y le transportaba, con la imaginación, a paisajes y lugares desconocidos.
   
   UNA INFANCIA FELIZ
   
   Dicen los expertos que la infancia es una de las etapas más importantes en la vida del individuo y que forma parte esencial a la hora de forjar una personalidad equilibrada. Juan Antonio recordaba enternecido sus primeros juegos en la calle Los Baños (actualmente Serrano Alcázar), número 43, de Albacete, junto a sus adorados abuelos maternos Mariana y Vicente. Su nacimiento había inundado la casa de alegría, ya que era el primer bebé que llegaba a la familia. Había pesado cuatro kilos y 950 gramos y su madre, al verle tan hermoso, lo celebró con un potaje de garbanzos y una rodaja de melón, pues estaba exhausta y hambrienta espués de varias horas de parto. El alumbramiento resultó un poco complicado: tenía el cordón umbilical corto y tuvieron que ayudarle a salir con ventosas, lo que propició que su cabeza apareciera apepinada, aunque se normalizó en las horas siguientes. Juanito era de carácter simpático y abierto, siempre respondía cariñosamente ante la demanda de besos de algún vecino o familiar. Enseguida se decantó por los fuertes de indios y vaqueros, fraguando las primeras batallas de sus travesuras. El abuelo Vicente tenía especial predilección por su nieto, quien le recordaba a su hijo Pedro Antonio, tristemente fallecido cuando apenas contaba tres años y medio al aplicarle un tratamiento inadecuado durante la guerra civil. Los dos compartían ocio e iban a pasear al parque de los Jardinillos, donde el nieto escuchaba embelesado las historias que le narraba su abuelo. Aunque de mayor se mostró locuaz, según recuerda su madre, tardó bastante en decir su primera palabra. Hasta que un día le pidió agua y ella le reprendió diciéndole que si no pronunciaba la palabra correctamente, no se la daría. Hizo caso a su madre y desde entonces no paró de hablar; utilizaba un rico vocabulario y construía frases perfectas. Ya de adulto, Juan Antonio justificó con sorna esos problemas señalando: «Es que hasta entonces todo estuvo bien y lo que hacía era recopilar información».
   De Albacete, se trasladaron en 1970 a Binefar (Huesca), donde vivieron más de un percance, para terminar asentándose en Madrid, cerca de su familia paterna. Primero en Vicálvaro y más tarde en el barrio de La Elipa, donde se forjó su carácter adolescente y creó un grupo de exploradores que investigaban y se colaban en las casas abandonadas de la calle Alcalá. El intrépido Cebrián elaboraba un plan o estrategia a realizar, su amigo Jesús Ángel era el enviado en vanguardia y su hermano Pedro Luis—tres años y medio menor que él— les seguía haciendo lo que le mandaban, pues no quería que le apartaran del grupo por ser pequeño. Tuvieron ocasión de vivir su primer suceso misterioso cuando, en una de las casas abandonadas, con más miedo que vergüenza, se adentraron en la oscuridad y, sin poder ver absolutamente nada, se toparon de bruces con un hueso de largas dimensiones que colgaba del techo. Al rozarse con él salieron despavoridos gritando que habían visto un esqueleto. Cuando, por fin, se armaron de valor, regresaron con una linterna al «peligroso » sitio y se troncharon de risa, ya que el hueso pertenecía a los restos de un jamón que en su día habían degustado los inquilinos de la casa. Otro de sus juegos era coger prestadas frutas de las casas bajas de la zona donde vivían o hacer ladrea, es decir, una pelea de piedras entre las lápidas que los marmolistas tenían en el descampado por donde correteaban. Algún que otro descalabro se llevó Juan Antonio. Además, el lugar propiciaba imaginar leyendas y cuentos de terror. El cementerio de la Almudena se encontraba a pocos metros y allí los marmolistas tallaban las lápidas mientras los chavales alborotaban a su alrededor.
   Pero Juanito también hizo sus pinitos como futbolista. En el Instituto Gustavo Adolfo Bécquer formaba parte del equipo de fútbol como centrocampista, emulando a Fernando Hierro, del Real Madrid. Le gustaba bastante practicar este deporte, pero un día, corriendo por el patio con el pavimento mojado, sufrió un grave accidente. Resbaló y se clavó el pico de un escalón en el muslo derecho, lo que le provocó una herida en el músculo que le impidió seguir con su afición. En dicho instituto permaneció un año y después pasó al centro Moratalaz 3, donde cursó el bachillerato mientras lo compaginaba con el trabajo. En ambos institutos colaboró con el periódico del centro como reportero y redactor, con lo que disfrutaba como un enano, gracias al título de mecanografía que había obtenido. Era una profesión que realmente le gustaba, pero también barajaba otras posibilidades, pues siempre tuvo vocación militar.
   Desde la adolescencia narraba y plasmaba en papeles sus jornadas estudiantiles como si fueran pequeñas batallas que ganaba o perdía según le hubiera ido el día. Estaba muy interesado por los avatares militares: le apasionaba analizar los datos y hechos de las diferentes guerras acaecidas en la historia de la humanidad como si de un estudio sociológico se tratara. Él decía: «Hay ocasiones en que los humanos necesitan padecer una cruel guerra para poder evolucionar como especie».
   Pero lo de la carrera militar no pudo ser. Durante la adolescencia, en plena revolución hormonal, su ojo izquierdo le empezó a dar problemas y los oftalmólogos no consiguieron recuperar ningún resto visual, lo que borró de un plumazo toda posibilidad. Fue un duro revés que, lejos de rendirle, le estimuló a seguir con sus estudios a la vez que trabajaba para ayudar a pagar la hipoteca de sus padres estimulando la maltrecha economía familiar. Con ese objetivo puso en marcha diversos proyectos como el de los billetes de metro: compraba tacos enteros con la paga que le daban sus padres y los revendía después en la entrada de la estación de Quintana. También vendió los cómics que había coleccionado durante años —muchos de ellos números uno, verdaderos incunables—, como Zona 84, 1984, Hazañas bélicas, Zona de combate o el Capitán Trueno.

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